ANTONIO: Una vida entera

Stephanie Machado

1/31/20266 min read

Una mañana de principios de los sesenta, la abuela Leonor regresó al pueblo. Venía de la ciudad, de un orfanato, con tres niños que habían quedado huérfanos recientemente. Eran los hijos menores de su sobrina Fabiana.

Leonor se enteró por la radio, llevaban días tratando de contactar con algún familiar de los menores hasta que ella escuchó el llamado.

Fabiana murió durante un aborto, al menos eso dijeron las malas lenguas. Otros sugieren que murió en extrañas circunstancias, pero nadie entraba en detalles, nadie sabía nada.

A la vez que criaba a sus nietas, que eran unas seis, Leonor se hizo cargo de los tres huérfanos.

El menor de los niños se llamaba Miguel y tenía apenas dos años. La mayor era Elvira y el del medio, Antonio. Antes que ellos existían cuatro hermanos mayores, pero se cree que aquellos fueron criados por sus padres.

Antonio, al igual que sus hermanitos, creció sin el recuerdo de la cara de su madre, ni de su padre.

***

A los ocho años empezó a trabajar vendiendo periódicos y posteriormente a practicar béisbol con los vecinos y amigos en la calle.

Por aquellos años eso de la crianza respetuosa no estaba de moda. Así que Antonio recuerda que la abuela Leonor le apagó un tizón en la boca a su hermano menor. Le quedó tan hinchada que parecía la de un pato. Todo por tener la maña de meter la mano en la olla para probar la comida mientras ella cocinaba.

Por otra parte, las pérdidas seguían presentes en la vida de Antonio. Uno de sus hermanos murió envenenado tras conflictos amorosos, y otro de ellos, falleció en la cárcel durante una pelea.

Aunque su infancia no fue la más fácil, también vivió entre travesuras de muchachos, como cuando se bañó en el barril de agua bendita que tenía el cura de la iglesia de su pueblo, y este lo descubrió.

O como aquella vez que se metió a participar en un concurso de baile en el cual el ganador sería el que consiguiera pasar cien horas bailando sin parar. Antonio no ganó el premio prometido de mil bolívares porque su abuela fue a buscarlo y se apareció en el lugar del baile tras más de tres días sin saber nada de él.

***

Antonio trabajaba y estudiaba por la noche. Durante un tiempo trabajó ayudando a un tío suyo que tenía un restaurant, pero este no le pagaba nada ni le guardaba comida cuando llegaba de estudiar por la noche.

En el último año de bachillerato lo hicieron repetir, entonces dejó los estudios para enfocarse en trabajar donde sí le pagaran con dinero.

Creció rodeado de mujeres; las primas, la tía y la tía-abuela, siendo el único hombre de la familia entre ellas, y al que recurrían para solucionar cualquier problema o reparar cualquier cosa, dejando en evidencia la poca utilidad de sus respectivos maridos.

Construyó una pequeña y humilde casa al lado de todas ellas y siempre tuvo el hábito de guardar dinero “por si acaso”.

Alguna vez llegó de trabajar y descubrió que le faltaba algo. Su dinero no estaba en la viga del techo donde siempre lo guardaba. La tía, hija de Leonor, entró cuando él no estaba y lo tomó con la excusa de que le parecía injusto que su madre comiera arroz con caraotas teniendo dinero su sobrino como para que ellas puedan comer carne de res.

Antonio sabía que aquello no eran más que excusas. A la abuela nunca le había faltado carne en su plato. La hija lo había tomado para comprar alcohol.

A propósito de las carnes, él nunca olvidó cuando estuvo afuera de un restaurante esperando a que un hombre se levantara de la mesa para poder llevarse una chuleta que había dejado en el plato. Cuando por fin logró tomarla e irse, una señora lo persiguió y se la quitó. No había comido nada en todo el día.

A pesar de todo, poco a poco fue saliendo adelante. Compró su primera moto. Solía coleccionar afiches de famosos beisbolistas y recortes de periódicos acerca de noticias relevantes para él, como cuando su hermano mayor, miembro de un cuerpo policial de inteligencia, apareció en el periódico por capturar a un delincuente muy buscado para el momento.

Para escapar de la recluta militar, adoptó a la hija de una amiga suya, una niña de dos años. Desde entonces él es su padre y ella su hija mayor.

También fue voluntario en la antigua Defensa Civil; casi muere ahogado tratando de rescatar a uno que se le colgaba del cuello para salvarse.

***

Antes de hacer los treinta, conoció a la que sería la madre de sus hijos. Con ella empezó a vivir en su casa, pero pronto se vio obligado a mudarse. La mujer de Antonio no era bien recibida por las mujeres de su familia, renegaban incluso de su color de piel, por ser ella más clara que todas ellas.

La joven, con su primer embarazo ya avanzado, un día no aguantó más los desaires de las mujeres y se fue a casa de su madre.

Antonio, ahora que empezaba a formar su propia familia, no estaba dispuesto a perderla por el egoísmo ajeno. Compró un terreno que estaba en venta al lado de su suegra y ambos empezaron a construir su nueva casa.

Un poco más alejados de las primas, la tía y la abuela, vivieron más tranquilos. Aunque nunca se libró del todo de que lo llamaran si necesitaban algo.

De vez en cuando la mujer de Antonio visitaba a Elvira, pues era la única que siempre la recibió de buen grado como mujer de su hermano.

Antonio construyó un cuarto anexo que funcionaba como su trastero. Lo llamaba “la pieza”; ahí encerraba sus herramientas, cosas viejas que no botaba porque siempre podían servir para algo; los libros que usó de joven, los recortes de periódicos y sabrá dios cuántas cosas más. Era también ese rincón donde, de vez en cuando, se encerraba a leer el periódico.

Cuando la primera hija de Antonio y su mujer tenía dos años, murió la abuela Leonor, que para entonces ya era bastante mayor. Tres años después, su única hermana, Elvira, murió dando a luz, dejando huérfanos a seis niños.

De los dos hermanos mayores que le quedaban, casi no sabía nada, excepto de uno de ellos que vivía en la ciudad y lo visitó alguna vez al año durante un tiempo, el mismo que aparecía en el recorte de periódico. Solo le quedaba el menor, que vivía más cerca y al que visitaba con cierta frecuencia.

***

Antonio y su mujer tuvieron tres hijos y cinco nietos. Sin contar los perros, gatos, loros, gallinas y morrocoyes que pasaron por su casa.

Ya de mayor terminó sus estudios. Aunque tenía edad para jubilarse, no había querido dejar de trabajar. En sus días libres limpia el patio de la casa, atiende a los animales y las plantas junto con su mujer, ordena la famosa “pieza” y hasta echa una siesta.

Conserva todas las gorras que solía coleccionar, así como los muchos trofeos y medallas que ganaba en los torneos de bolas criollas, los que aún exhibe en la sala de su casa.

Pocos han podido ganarle jugando dominó. También tuvo siempre interés por la cultura asiática, desde las películas de Jackie Chan y Bruce Lee, hasta las artes marciales en general, tanto así que de vez en cuando se pone su kimono blanco y practica con los nunchakus, orgulloso de sí mismo, pues no todo el mundo sabe manejarlos con la destreza con que él lo hace.

Todo esto solo es superado por su afición al béisbol, su deporte favorito que conoce al detalle y del que es capaz de debatir con cualquiera que se atreva a retarle. No se pierde nunca ninguna de las temporadas, ni las nacionales ni las Grandes Ligas.

***

Antonio no cree en brujas ni fantasmas, pero los reta a aparecerse. Como una noche cuando vio una mujer con un vestido blanco caminando por la calle, frente a su casa. Según él, parecía que iba flotando y desapareció antes de llegar a cruzar la esquina. Su mujer le dijo que a lo mejor era un susto para que deje la costumbre de acostarse tan tarde y asomarse por la ventana a altas horas de la noche, pero él opina que ninguno va a venir a asustarlo.

No tiene demasiados amigos, de esos que uno llama “mi mejor amigo”, pero todo el mundo lo conoce y lo saluda cuando va por ahí. Aunque no es de expresar sus sentimientos con palabras, ha sido un buen y popular vecino.

Con el tiempo, Antonio logró construir y sostener la familia propia y la estabilidad que no tuvo de niño. Se convirtió en un padre presente: de los que enseñan a montar bicicleta, pasean a sus hijos en brazos por el barrio con orgullo, cuentan chistes y anécdotas antes de dormir, sobre todo en esas noches en las que se iba la luz o llovía con truenos y relámpagos.

Ahora que ha visto a sus hijos crecer, pasea con sus nietos y los carga en brazos, aprovechando que aún tiene fuerzas.

Para sus adentros, comprende el valor de todo lo que tiene ahora. No tuvo referencias sobre ser padre, pero lo aprendió por sí mismo, como casi todo en su vida.